sábado, agosto 21

Cuento del hombre que soñaba con espejos



La historia dice así: El hombre se levanta con el sueño interrumpido porque algo parecido a un pedazo de humanidad se atraviesa entre sus labios. Busca en la oscuridad las zapatillas, desiste. El frío va contaminando los dedos de sus pies porque él nunca camina descalzo sino es de puntillas, para que nadie se entere ni lo escuche. En el camino se topa con ciertos acontecimientos que le parecen imposibles. Cada paso, por ejemplo lo acerca más a la cama de la que pretende huir; junto a sus pies va sintiendo un calorcito indescifrable que desaparece y aparece y sigue siendo y se va. El ya es adulto, y sabe que las cosas imposibles generalmente se llaman así porque lo son, y por tanto no les presta mucha atención y sigue caminando como si nada, silencioso, preocupado, interrumpido.
De alguna manera termina llegando a la cama. Pero resulta que los viejos armazones de su velador han cambiado de forma, son baldosas; las sábanas tienen cara de inodoro y junto al colchón que ahora es una tina va danzando una ducha con forma de almohada. El ya es adulto, y este pequeño detalle de ubicaciones trastocadas no le importa. Después de todo, desde que sintió entre sus labios algo parecido a un pedazo de humanidad atravesado, solo pensó en comprobar con sus propios ojos cuál era la causa del insomnio.
Busca su rostro entre las sombras que devuelve un espejo común y corriente que no funciona sin luz que le de vida. Mas le hubiera valido no encontrar el techo y junto al techo, el foco y bajo el foco, la cadena y tras la cadena vino la luz.
Un grito. Los espejos nunca mienten. Pueden jugar a veces cuando están muy lejos y uno tiene la oportunidad de mirarse sin reconocerse, y va inventándose los detalles que a esa distancia obviamente no se notan. Entonces esos centímetros de menos en el pequeño; esas arrugas de mas en el anciano; esas huellas de amor prohibido; esa nariz de cyrano; esos ojos hipnotizados en un solo eje; esas imperfecciones deliciosas que desmienten un poco a Dios pueden ser ocultadas. Pero cuando el espejo se acerca (porque siempre es el espejo el que se acerca) la imagen del individuo va encontrando su molde inexpugnable, su cárcel cotidiana, su porción del barro original.
El hombre no da crédito a lo que ve, o a lo que cree ver porque en su caso el espejo se ha portado especialmente despiadado. Ahí está su cara tantas veces recorrida, el cabello junto a la cicatriz; la cicatriz junto a la ceja, la ceja, los ojos demasiado abiertos, la nariz indiferente. Falta algo. Entre las fosas nasales que ya se abren y cierran con la pasión desenfrenada del aterrado, y el mentón triangular que apenas apila unas cuantas barbas, existe nada más que piel rosada y desconocida.
Algo debe estar pasando. El hombre está seguro de escucharse. Cada grito es más ruidoso y desesperado. ¿De dónde puede salir tanto escándalo si el espejo, que nunca miente, repite una y otra vez el mismo espacio vacío? No estoy loco va pensando. Si el espejo es juguetón las manos son implacables, ecuánimes, insobornables. Dirige su mano al espacio vacío y no hay consuelo más grande que sentir en su dedo anular el mordisco de unos dientes que el espejo daba por perdidos. Satisfecho, casi arrogante levanta de nuevo la mirada para ver si el espejo, que nunca miente, tiene la caradura de seguir engañándolo. La boca, los labios, la lengua, el paladar. Todo ha regresado a copar su espacio, todo excepto la mirada que el hombre esperaba encontrar invicta y vencedora para probar y probarse que también los espejos fallan.
Ahora son los ojos, los ojos se han marchado del espejo y aquella imagen es todavía más pavorosa. Porque los gritos de una boca inexistente hasta pueden entenderse por la mala noche y las cosas imposibles, que el hombre, como ya es adulto, no tomará en cuenta. Pero los ojos… sin los ojos la realidad no es una. Son todas. Todos los espacios son uno solo, y en un solo espacio cabe el universo. El hombre siempre quiso saber qué se sentía cuando la luz se apaga desde adentro. Los ojos cerrados son una imitación de poca monta, una ruleta rusa con el revólver descargado, una farsa de engañabobos. La ceguera genuina, la que no distingue ni siquiera entre el sol y el eclipse, esa era la única capaz de inventar mundos.
Pero ¿cómo puede un ciego verse a sí mismo? No era la suya una ceguera genuina. Donde los ojos se apostaban queda ahora un vacío de hondonada especulando con llegar a ser mejilla. Esta vez ni las manos lo salvan. Por el contrario, le confirman el horror, y ahora el grito si tiene sentido porque el espejo, que nunca miente, va reflejando aquella boca que se abre hasta la asfixia mientras desaparece poco a poco, junto a la nariz indiferente, junto a la cicatriz, junto a la ceja, junto al cabello, hasta que de pronto el hombre, que solamente se había levantado con la incertidumbre de sentir un pedazo de humanidad atravesado entre sus labios, penosamente comprueba que todo el rostro se le ha ido por los caños implacables del absurdo. No tiene ojos, pero se mira. No tiene boca, pero se grita. No tiene orejas, pero se escucha… ¿De qué le sirve procurar una respuesta? Mientras va cayendo la noche en su rostro vacío el hombre toma un soplo de aire con el puño y destruye en mil pedazos el espejo.
El ruido, el dolor, el sol finalmente lo despiertan. Sueño irrazonable. Sueño irrepetible. El hombre se levanta, la cama está donde la cama debe estar; el cuarto tiene las medidas comprensibles; siente la cicatriz, se saca la lengua, se toca las orejas, se pica los ojos. Sueño irrazonable, pero sueño al fin. Que dicha siente el hombre de saberse despierto. Las sábanas tienen cara de sábanas; el colchón es colchón, ya no existe calorcito en sus pisadas; el baño no se aleja. Lo imposible es imposible. El hombre camina confiado porque ya es adulto y distingue los sueños de la vida, sonríe imperceptiblemente confiado cuando ingresa en el cuarto de baño. Los vidrios rotos en el piso le harán sangrar.

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